
Tal vez las personas que nunca hayan convivido con una mascota no entiendan bien este post.
Yo he tenido casi siempre animales domésticos, dede luego siempre hubo algún canario en casa de mis padres. También nos acostumbramos a tener algunos pollitos en el campo durante el verano, algún pato y por supuesto todo tipo de bichos que ni hermana diseccionaba o metía en alcohol.
Cuando fuimos creciendo mi madre accedió a que tuviésemos perro.
Y no se nos ocurrió otra cosa que quedarnos con un cachorro tipo osito que creció y creció hasta convertirse en un enorme perrazo negro de treinta kilos. Fosca, así se llamaba el can, destrozó las patas de la mesa de la cocina e hizo un gran agujero en la pared del pasillo. No saben lo que es levantarse por la mañana y encontrarse una enorme caca de pastor alemán en medio de la cocina... Por aquella época mi madre se convirtió en hipertensa y aunque los médicos dijeron que era cosa de la menopausia creo que influyeron más los destrozos del perro. Fosca paseaba a mi hermana.
Cuando uno pone un cachorro en casa debe tener en cuenta que requiere ser educado, cuidado y atendido. Y por supuesto debemos tener en cuenta que los animales dan trabajo, puedes pasar noche en vela si se ponen enfermos o interrumpir un viaje porque no se adapta a la guardería que les buscaste. Es raro ¿verdad?, es que hay un extraño vínculo por el cual no te importan las tareas que te de, se ven recompensadas con creces en la convivencia diaria con el animalillo en cuestión.
Más tarde convivimos con un pequeño caniche, Doña Sol.
Era una perrita tímida y cariñosa que viajaba siempre con nosotras y se convirtió en una especie de hija pequeña de la casa. Sol sacaba a pasear a mi madre.
Al morir la caniche, una amiga nos trajo a Chola,
un cruce peludo, menudo y blanco, no demasiado simpático pero que también formó parte de la familia. Qué podíamos hacer, se le aceptó tal y como era, con sus rarezas. Chola sacaba a pasear a mi padre.
Pasó el tiempo y yo me compré un Schnauzer miniatura de color negro, era precioso. Pancho creció bastante más de la cuenta y tenía una energía desbordante. Muchas veces puso a prueba nuestros nervios por sus miedos y ansiedades (por aquel entonces no conocía yo la serie de César Millán que seguro nos habría ayudado a saber controlar la situación). Pero era mi perro, siempre a mi lado, juguetón, extrovertido, y me sacaba a pasear a mi.
También estuvo Trompeta, el conejo, otro que "debió" ser enano y
se convirtió en un enorme animal... No crean que yo sobrealimento a mis mascotas, es que no tengo ojo con eso de los tamaños.
Hace tres años, solo tenía el acuario en casa, y los peces son bonitos, pero nada que ver con un mamífero peludo, así que convencí a la familia y traje a casa un gatito: Nube. Toda una nueva experiencia tener un felino en casa, ya saben: independiente, limpio, silencioso... y puro cariño. Nube era un gato-perro, que salía a recibir a las visitas y me seguía por la casa. Destrozó un lateral del sofá, y eso que le compramos un rascador de tres pisos -pero ahí precisamente no le gustaba rascar-. Le gustaba dormir sobre el armario y tumbarse a mis pies mientras cocinaba. La verdad es que era un buen gato.
Hoy Nube ha muerto, ha sido triste verle sucumbir a la inmunodeficiencia (como el SIDA humano).
Cuando tu mascota muere, tu mueres un poco con ella, porque has compartido muchas más cosas de las que imaginabas. Su ausencia te pone delante una realidad diferente, una casa diferente. Su personalidad, sus peculiaridades, aceptar sus defectos y disfrutar de sus virtudes te hacen mejor persona, de eso no cabe duda.
Adiós Nube.
Yo he tenido casi siempre animales domésticos, dede luego siempre hubo algún canario en casa de mis padres. También nos acostumbramos a tener algunos pollitos en el campo durante el verano, algún pato y por supuesto todo tipo de bichos que ni hermana diseccionaba o metía en alcohol.
Cuando fuimos creciendo mi madre accedió a que tuviésemos perro.
Y no se nos ocurrió otra cosa que quedarnos con un cachorro tipo osito que creció y creció hasta convertirse en un enorme perrazo negro de treinta kilos. Fosca, así se llamaba el can, destrozó las patas de la mesa de la cocina e hizo un gran agujero en la pared del pasillo. No saben lo que es levantarse por la mañana y encontrarse una enorme caca de pastor alemán en medio de la cocina... Por aquella época mi madre se convirtió en hipertensa y aunque los médicos dijeron que era cosa de la menopausia creo que influyeron más los destrozos del perro. Fosca paseaba a mi hermana.Cuando uno pone un cachorro en casa debe tener en cuenta que requiere ser educado, cuidado y atendido. Y por supuesto debemos tener en cuenta que los animales dan trabajo, puedes pasar noche en vela si se ponen enfermos o interrumpir un viaje porque no se adapta a la guardería que les buscaste. Es raro ¿verdad?, es que hay un extraño vínculo por el cual no te importan las tareas que te de, se ven recompensadas con creces en la convivencia diaria con el animalillo en cuestión.
Más tarde convivimos con un pequeño caniche, Doña Sol.
Era una perrita tímida y cariñosa que viajaba siempre con nosotras y se convirtió en una especie de hija pequeña de la casa. Sol sacaba a pasear a mi madre.Al morir la caniche, una amiga nos trajo a Chola,
un cruce peludo, menudo y blanco, no demasiado simpático pero que también formó parte de la familia. Qué podíamos hacer, se le aceptó tal y como era, con sus rarezas. Chola sacaba a pasear a mi padre.
Pasó el tiempo y yo me compré un Schnauzer miniatura de color negro, era precioso. Pancho creció bastante más de la cuenta y tenía una energía desbordante. Muchas veces puso a prueba nuestros nervios por sus miedos y ansiedades (por aquel entonces no conocía yo la serie de César Millán que seguro nos habría ayudado a saber controlar la situación). Pero era mi perro, siempre a mi lado, juguetón, extrovertido, y me sacaba a pasear a mi.También estuvo Trompeta, el conejo, otro que "debió" ser enano y
se convirtió en un enorme animal... No crean que yo sobrealimento a mis mascotas, es que no tengo ojo con eso de los tamaños.
Hace tres años, solo tenía el acuario en casa, y los peces son bonitos, pero nada que ver con un mamífero peludo, así que convencí a la familia y traje a casa un gatito: Nube. Toda una nueva experiencia tener un felino en casa, ya saben: independiente, limpio, silencioso... y puro cariño. Nube era un gato-perro, que salía a recibir a las visitas y me seguía por la casa. Destrozó un lateral del sofá, y eso que le compramos un rascador de tres pisos -pero ahí precisamente no le gustaba rascar-. Le gustaba dormir sobre el armario y tumbarse a mis pies mientras cocinaba. La verdad es que era un buen gato.Hoy Nube ha muerto, ha sido triste verle sucumbir a la inmunodeficiencia (como el SIDA humano).
Cuando tu mascota muere, tu mueres un poco con ella, porque has compartido muchas más cosas de las que imaginabas. Su ausencia te pone delante una realidad diferente, una casa diferente. Su personalidad, sus peculiaridades, aceptar sus defectos y disfrutar de sus virtudes te hacen mejor persona, de eso no cabe duda.
Adiós Nube.
Saludos y hasta pronto.














































